Ante el abismo creado por las contradicciones humanas, sentía el deseo de conquistar el paraíso, un paraíso compartido. Quería encontrar las fuentes del Amor Original.
Rolando Toro
Sabiduría para vivir, fue siempre mi deseo existencial. Con una importante cantidad de claridad, creatividad y confianza para determinar el enfoque, más el amor como elixir. La formula es sencilla, está basada en los principios cósmicos y el recuerdo de una infancia en la naturaleza.
En mi afortunada niñez gustaba de hacer tortas de barro, recitar poesías y bailar entre los viñedos. A los veinte elegí una carrera que me permitiera la expresión (sin antes haber pasado por una de las ciencias duras). Desde esa época hasta ahora, bailo y escribo. Mi identidad ha ido mutando y sin embargo, sigo siendo esa niña mimada y soñadora.
Cuando transitaba los mejores años del ego periodístico también venía de modelar y tenía un novio, tan adinerado como infiel, con el que compartía la complicidad del sexo alocado que traen los años mozos. Vivía sin magia, en modo automático y poniendo en práctica todo lo institucionalmente aprendido.
En la danza sin embargo, encontraba un refugio para explorar la sensibilidad íntima del gesto genuino. En la cenestesia encontraba la ternura, la sencillez y el eros del juego noble que había olvidado en el baúl de los recuerdos.
Antes de conocer biodanza, bailé otras disciplinas de la danza pero en este sistema encontraba algo mas profundo que me hacía trascender los bordes del tiempo y espacio. En estas vivencias sentía que habitaba el paraíso.
“La base conceptual de Biodanza proviene de una meditación sobre la vida, del deseo de renacer de nuestros gestos despedazados, de nuestra vacía y estéril estructura de represión. Podríamos decirlo con certeza: de la nostalgia del amor.” Rolando Toro
Biodanza tenía todo lo que me fascinaba. Palabra poética, esperanza en la humanidad, música, continente afectivo, sencillez, naturaleza, pies descalzos y barro en las manos. El toque científico sobre los conocimientos biológicos, antropológicos, pedagógicos, psicológicos, culturales y cósmicos cerraban mi círculo de preferencia. Había encontrado la vocación y la causa para seguir nutriendo mi compromiso con la comunicación siendo la protagonista de toda experiencia.
Comencé el camino de la llamada “escuela de la vida” con la esperanza del viajero. El mayor desafío fue reconocer la identidad adquirida para desaprenderla y volver a aprender. Desde la lógica y la sed de información que me caracteriza, fue un proceso caótico sentir que debía aprender a caminar a mis 33. En aquellos años la vivencia del proceso de aprendizaje me tenia envuelta en una burbuja cósmica de reflexiones existenciales muy profundas.
La metodología era muy diferente a mis hábitos de aprendizaje. El estudio se vivía con la comodidad del saberse en el hogar, aprender en comunidad, sintiendose parte de una tribu, eslabón de una cadena. Tanto la comprensión teórica como el registro corporal era transmitido desde la experiencia, en una ronda legitimadora de voces.
Recuerdo que mis expectativas iniciales estaban relacionadas con lo vincular, el entorno y la necesidad vital de amor. Mas, con la práctica consuetudinaria de cuestionarme todas las teorías me asustaba formular preguntas como: ¿Que nos enseña el sistema sociocultural? ¿A qué nos conduce la religión? ¿De que se disfrazan las instituciones? ¿Quienes tienen acceso a las oportunidades? ¿Porque, como especie, compartimos el sentimiento de soledad? ¿Que compartimos con otras especies? ¿Que es lo que más desea el ser humano?
El sistema socioeconómico del que somos parte los humanos nos apaga. En todas las culturas, nos acostumbramos al dolor. Aprendemos a vivir en base a lo funcional, a bloquear nuestra creatividad, a silenciar el instinto, a ocultar las emociones, a bajar la mirada ante lo injusto para no dejar de pertenecer a esa forma conocida de vivir. Crecemos en la dicotomía del Ser/ Deber ser y esa disociación daña la totalidad de nuestro potencial. Caminamos sin mirar ni admirar la magia de la creación desacreditando incluso, a aquel que conserva el poder de soñar.
Nuestras formas sociales están disociadas de los ritmos de la naturaleza, nuestro verdadero hogar. La cultura, decía Rolando Toro, debería estar organizada en función de la vida y no a la inversa. Es tan profunda la desconexion de los seres humanos con la matriz cósmica de la vida que se ha generado, a través de la historia, formas culturales destructivas. La disociación cuerpo-alma ha conducido a la profunda crisis cultural en que vivimos.
Si somos conscientes de que el sistema social crea formas de destrucción humana que se ocultan bajo el progreso, la guerra, la civilización, los medios de comunicación, la discriminación y la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, estaremos en condiciones de encontrar el camino que nos lleva de regreso al paraíso. Pero, ¿estamos dispuestos? ¿Qué argumentos son necesarios para volver a cultivar una actitud abierta, curiosa y alegre con la vida?
El sentimiento de amor original es la experiencia suprema del contacto con la vida. A través de la biodanza llegamos a conectar con esa fuente y desde el principio biocéntrico, concebimos al universo como un gigantesco holograma donde la vida tiene una cualidad sagrada. El paraíso, del que habla Rolando Toro, es la energía intrínseca que impulsa la vida y la conexión con el entorno.
Los seres humanos que estamos constituidos de partículas cósmicas poseemos esa memoria de plenitud.
El potencial dormido bajo corazas existenciales se puede despertar habilitando estados conscientes de escucha del cuerpo y de conexión con el espíritu para percibir el pulso del corazón, movimiento unísono que nos conecta al amor original del que provienen todas las cosas y lograr tener una experiencia de vida alineada a la naturaleza creada por el pulso divino, donde bailar sin coreografía por ejemplo, sea parte del cotidiano.
Isadora Duncan, bailarina alemana considerada madre de la danza moderna, en el año 1900 afirmaba que no se necesitaban grandes destrezas para bailar, porque la danza es una condición humana. Inspirándose en la naturaleza y el arte, afirmaba que cualquier persona podía danzar ya que existe una conexión entre el cuerpo, la emoción y la música.
Rolando Toro, en sus primeros escritos sobre el sistema biodanza, decía: Los juegos y ejercicios son un conjunto de experimentos de expresión corporal. Aluden al poder musical para curar enfermedades, invocar las fuerzas de la naturaleza, despertar el amor, el deseo y armonizar las sociedades. Para lograrlo, sostenía “hay que despertar en el hombre la musicalidad interior perdida y restituir su vitalidad animal.”
Así la biodanza que es un sistema acelerador de procesos integrativos a nivel orgánico y existencial, fusiona ciencia y arte, para lograr mediante la música y el movimiento emocionado, despertar el significado esencial del amor que es la fuerza organizadora de vida. Sentirse alineado a esa fuerza nos lleva a experimentar una vida en armonía y plenitud.
A medida que voy siendo surgen las revelaciones de todo lo que sueño y tal cual un regalo cósmico aparecen las posibilidades, impregnadas de liviandad y misterio, para darles forma.

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