Biodanza

DANZAR para escribir la vida

Es necesario llevar en sí mismo un caos,

para poner en el mundo una estrella danzante.

Friedrich Nietzsche

En una sesión inicial de Biodanza, las personas llegan con una mezcla de entusiasmo e intriga, tanto por el resonar de la propuesta, como por la idea de probar una actividad diferente. Ser invitadas a danzar “dejando la palabra de lado” para permitirse la escucha del cuerpo re- sulta algo extraño para aquellas personas que conviven con el mundo de las palabras y más aún si lo hacen con el mundo de las letras, es decir, los escritores.

Estamos acostumbrados a darle prioridad a la expresión visceral que surge de la corteza cerebral (de la región límbico-hipotalámica de nuestro cerebro) para vivir y, por lo tanto, desde ahí escribimos.

A lo largo de quince años, debido a mi formación periodística, he escrito textos informativos, interpretativos y de opinión respetando siempre la formalidad propia de mi profesión. Con Biodanza, en cambio, aprendí a escribir desde el cuerpo, desde el movimiento. Con Biodanza
aprendí a escribir desde otro lugar, a conectar con la poética del azar, con la belleza del instante, la mirada profunda de un otro y la inmensidad, tan desnuda de investiduras, que se manifiesta en ese estado de pureza que sucede en la vivencia. Así, entendí que antes de ser escrita, la palabra debía tener un contacto íntimo con el cuerpo.

Escribir desde la parte luminosa es, en sí mismo, un acto poético. La palabra se vuelve una extensión del cuerpo que danza en un trance orgánico y en contacto con otros. Tal cual lo dice el maestro Rolando Toro, Biodanza es la poética del encuentro humano porque surge como un espacio ritual. Es una ceremonia, donde hay una ofrenda, una alquimia divina que se transforma en un
aprendizaje álmico que nos conecta, los unos a los otros, a través de la semántica de nuestro ser.
Me resulta conmovedor sentipensar que el lenguaje de lo corpóreo puede salvar el abismo de todo lo que parece indecible. La poética del encuentro humano es un nuevo paradigma, un modelo esperanzador que puede sostenernos como humanidad a través de vínculos sanos que permitan recuperar los gestos perdidos. Desde ese lugar, la poesía es el fruto de la relación afectiva entre
la intimidad de la danza y la palabra que se escribe en la memoria celular. Si somos los mentores siderales de la vida, nuestras palabras pueden ser los puentes de conexión con otras vidas, con otros misterios, con otras formas de amor y nuevas maneras de ponernos a escribir. Con música, en trance, con otros.

Nuestras palabras se vuelven, en la poesía, el néctar para la nutrición de vínculos, de manifestación, de sueños y de conexión originaria con la alegría de vivir bajo las estrellas. Rolando Toro conmueve con su convicción de que la humanidad fue sembrada en una galaxia. Me resuena en las vísceras cuando leo frases como “somos hijos de las estrellas”, “estamos hechos del polvo de estre-
llas”, “de ellas venimos y hacia ellas vamos”. Yo siento que hay algo de cierto en esas frases danzadas a través de los tiempos que demuestran con tanta certeza que lo cotidiano es un acto de creación cósmica y es desde esa cercanía con los deseos y gestos diarios que podemos
bucear en una semiótica profunda. Esa poética visceral es la que deja huella en el sentir propio y con un otro.
En el modelo teórico de Biodanza hay una línea que se llama “ontogénesis”, algo similar a una foto del cielo tomada justo en el momento de nuestro nacimiento. Esa línea trazada en el espacio sideral es nuestro camino de vida. En ella se escriben nuestros deseos existenciales, o bien, aquello que motiva nuestras ganas de vivir. Es por ello que nuestros sueños provienen de lo sideral, es decir,
de aquello que es relativo a las estrellas. En ese camino ontogenético vamos tomando estrellas que determinan nuestro destino… Elegimos lo que queremos ser y hacer, lo que nos motiva, ese algo que nos fertiliza la corporeidad, esa fuerza sutil y misteriosa que enciende nuestro fuego interno y, al mismo tiempo, nos invita a fluir en liviandad. Es por estos resonares que en Biodanza decimos que somos, al mismo tiempo, el creador, el mensaje y la creación. Somos seres capaces de dar saltos trantásicos que amplían la percepción de nuestra consciencia, guiados por la intuición. Así, vamos escribiendo nuestro destino.
En cada clase de Biodanza danzamos la creatividad, la vitalidad, la afectividad, la sexualidad y la trascendencia, la humanidad cotidiana de nuestros gestos en un espacio cuidado y nutricio que alimenta nuestros sueños y también crea otros nuevos. Atentos a percibir el mensaje, a descubrir la luz de las necesidades más profundas, desde ese cuerpo que danza en plenitud, aparecen respues-
tas a preguntas existenciales, como ¿qué queremos hacer en la vida?, ¿cuál es nuestra misión?, ¿dónde queremos vivir?, o ¿con quién?
¿Nos imaginamos escribiendo nuestro propio destino de acuerdo con la elección de las estrellas? Somos parte del Todo y el Todo habita en nosotros, el universo conoce nuestros deseos profundos y genera una fuerza que nos motiva a dar el gran salto. No tengamos miedo a volar ni a escribir desde esos nuevos estados. Si hay tanta poesía albergada en los sueños es porque siempre fue necesario
darles vida.

Hace unos diez años atrás, el contexto profesional ya me había robado el alma, la danza y los sueños. Tenía una vida formal y algo vacía, un poco desesperanzada de amores líquidos y con la sinergia fisiológica rodando en el deber ser, llegué a la ronda de Biodanza con el último
suspiro de fe y me embarqué. En el proceso de exploración pedagógica en la identidad y la conexión con la alegría de vivir me encontré a mí misma. Volví a mi centro y a caminar hacia mis estrellas. Elegí nunca más dejar de escuchar la palabra de mi cuerpo para, en cambio, vivir
genuinamente amores, deseos, caminos, trabajos, etc. No es algo mágico sino un proceso vivencial muy íntimo.

Entre los sueños añejos estaba el de aventurarme a viajar por lugares desconocidos para explorar
idiosincracias, corporalidades, sabores, olores y paisajes. Deseaba seguir explorando el lenguaje poético con el que nos envolvemos en el misterio del otro estableciendo un pacto: palabras simples, instantes eternos, gestos universales, miles de deseos, extensiones de la vida en la vida. Si hay un poder curativo en las palabras, sin duda lo encontraremos en el lenguaje poético que habita en
nuestra existencia.
Biodanza propone y enseña, a través de la práctica consecutiva, a desarrollar un lenguaje corporal amoroso, de contención mutua, de calificación positiva, de enriquecimiento simbólico, de afectividad, recurriendo a cosmovisiones antiguas relacionadas con la naturaleza, para que resurja y se fortalezca la poética del encuentro con otros. Las relaciones son el tejido álmico por el que se genera y sostiene la vida, donde a través de otros me veo, me reconozco y me encuentro. Me gusta creer que la verdadera evolución humana es volver al origen, a la afectividad. A vivir en coherencia con los ciclos de la naturaleza, con las fases lunares y el movimiento cósmico que suena en la musicalidad de las estrellas.

La invitación a participar de esta edición es parte de la causalidad de mi estrella. Ahora, mientras escribo este texto, me encuentro en Polonia, un país de la Europa del Este, con costumbres, sabores, olores, colores y sonidos diferentes. Cumpliendo aquel sueño de viajar, estoy dándole rienda suelta a la niña que llevo dentro, que juega con la nieve del bosque, viviendo momentos que hasta hace poco fueron sólo parte de un sueño. Estoy escribiendo y danzando la ontogenesis de mi vida, leyendo mi cielo para elegir la próxima estrella con la que escribiré la historia de mi vida mientras comparto con otros la hermosura del convivir en otras latitudes mediante un único lenguaje, el de la ternura.

(articulo escrito en 2023 para la revista argentina Cuerpescritura. Ver aqui: https://drive.google.com/file/d/12FHbVPtYVlE0XWsBZNBJK8s_9H1PTKxZ/view

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